Que me ahoga, que me asfixia, y no sabes cómo, cómo maldita sea ayudarme porque pesa. Ni haciendo esfuerzo con ambos pares de brazos quemados podemos tú y yo librarme de este calvario. Oímos mis costillas crujir, vencidas al fin, pinchando alegremente pulmones flácidos que no se saciarán de aire jamás, sino de sangre. Embarga a los dos un sentimiento de impotencia, pero el mío está mezclado con la opresión y el pesar de tu frustración.
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miércoles, 13 de abril de 2011
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