La tos que pone Charles Dickens en sus personjes pobres es verdad. La tos que mata. La sangre escupida sobre el pañuelo bordado. Ahora la que me dio a mí también lo es. Aunque no es tan severa. Más severa es la vergüenza que sienten los adolescentes cuando alguno de sus padres les encuentran en sendas actividades onanistas. A mí también me ha dado ese tipo de vergüenza, sólo que no recuerdo si fue un sueño o fue verdad. Espero que no haya sido parte de mí. Que haya sido nada más el recuerdo de una pesadilla maquinada por el subconsciente de Dickens.
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jueves, 24 de marzo de 2011
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